Smith, Ricardo, Marx, Keynes, Friedman... ¿Dónde está la verdad en economía? Desde siempre, cada ideólogo de la economía ha procurado arrimar el ascua a su sardina, pero lo cierto es que a la hora de la verdad las disposiciones que se toman tienen repercusiones más allá de lo esperado y ni marxismo, ni liberalismo, ni ninguna escuela económica que haya existido ha podido predecir con aceptable exactitud el comportamiento de la economía real.
NOTA del Administrador
Los temas económicos acostumbran a ser muy controvertidos (por no decir polémicos) por su trascendencia con la vida cotidiana y sus difíciles relaciones entre teoría y práctica. Además los ejercicios que se puedan hacer en tendencias macroeconómicas, nunca están exentos de politizaciones. Es por eso que ruego, a los que tengan a bien comentar alguno de estos artículos, identificarse correctamente. Pues todos aquellos comentarios anónimos o que no guarden las formas, serán eliminados.
Las discrepancia nunca es un problema.
¡Gracias!
sábado, 27 de noviembre de 2010
domingo, 21 de noviembre de 2010
La muralla del capitalismo
El centro del universo capitalista es deslumbrante por arriba y decepcionante por abajo. De hecho nos deslumbra la inversión privada y nos decepciona la financiación pública. No es extraño en un país donde se vanaglorian de tener controlados sus impuestos. Dicen que su gran poder está ahí, pero… ¿es eso cierto?
Desde Central Park hasta el Sur de Manhattan, donde rutila el distrito financiero, se encuentra la capital oficiosa del capitalismo (la oficial sigue morando en la pérfida Albión). El lujo, la miseria, los trajes italianos, el sudor, la victoria y la peor de las derrotas se pasean por aquellas cuadriculadas calles, que no son más que un gigantesco puntito dentro de la enormidad olvidada de Nueva York. Sólo una porción dentro del más pequeño de los cinco sectores de la ciudad: Brooklin, Queen’s, Bronx, Staten Island y Manhattan. ¿Pero, qué es del resto de la Gran Manzana? Tan sólo el escenario de unos pocos fotogramas de cine y, sin embargo, allí, como en el resto de ese gran país, se esconde la verdad sobre el capitalismo. Barrios de emigrantes sin un sitio en la sociedad, barrios de clase media, barrios de clase baja, barrios de triunfadores, barrios de fracasados… todos los estratos de una sociedad que está terminando de digerir que ya no es el país de las oportunidades, porque los dueños del dinero han establecido un muro virtual muy difícil de escalar. Entre tanto, muchos ciudadanos que creyeron en el sueño americano han tenido que lanzar la toalla después de dejarse la piel en la construcción de ese gran Estado siempre inacabado. Tal vez un cáncer de estomago les alcanzó y, sin seguro sanitario y después de hipotecar sus sueños, termino por morir al no tener con que pagar sus últimas dosis de quimioterapia. Eso sí, algún oscuro ejecutivo se ahorró millones en impuestos a la hora de colocar el último ladrillo de la muralla invisible.
EE.UU. paga menos impuestos que cualquier país europeo, pero sus servicio a los ciudadanos son igualmente inferiores. Sin ir más lejos, ya hemos visto que el mantenimiento de una ciudad como Nueva York haría ruborizar de vergüenza a cualquier alcalde europeo y de indignación a sus conciudadanos. Ese es el significado último del “estado del bienestar”. En Europa nuestras ciudades gastan fortunas en servicios e infraestructuras que se han de financiar con impuestos. En EE.UU. es la iniciativa privada la que construye y las administraciones sólo mantienen lo que se puede con sus presupuestos, así que todo está pensado para que ese mantenimiento sea lo más barato posible, pero aún así, frente a la puerta de Tíffanis pueden verse algunos lindos socavones, y bajo el subsuelo, el subway mantiene la misma cara llena de cremas desde hace un siglo y sin hacerle ni una pequeña operación de verdadera cirugía estética.
Nueva York, a pesar de todo, sigue fascinando a sus visitantes y, en cuanto a sus habitantes, están tan orgullosos de su ciudad que no la cambiarían por ninguna otra. Pero es la ciudad de la inversión privada, en el país de la inversión privada. Allí el juego es otro donde los ganadores ganan más y los perdedores lo pierden todo. Así que cuando en mi ciudad veo excrementos en las aceras (una rareza en Nueva York), mendigos haciendo cola en un comedor público, turistas de mochila o políticos de derechas intentando expulsar a los emigrantes, me pregunto: ¿Dónde estarán construyendo la muralla?
sábado, 6 de noviembre de 2010
El negocio de Matías
Siempre que hay crisis aparecen brillantes oportunidades financieras para aquellos que saben sacar partido de la desgracia ajena. Y en eso mi amigo Matías es un maestro. También en esta crisis se ha aventurado en una de sus locas empresas que le harán rico. Esta vez la idea es sencilla. Se ha buscado un amiguete en los juzgados que le informa de los pisos que van a ser embargados por cantidades, a priori, poco voluminosas. Matías contacta con los propietarios antes de que se lleve a cabo el desenlace legal y adquiere la propiedad por el simple pago del rescate. Además acuerda con el inquilino (generalmente el mismo propietario moroso) un contrato de alquiler por cinco años a un precio algo inferior al del mercado (de otro modo, tal vez, no lo podría pagar).
¿Parece un negocio ruinoso? Pues no lo es. Matías ha creado una financiera donde sus inversores aportan el dinero para comprar los pisos y él les paga los alquileres como intereses de su inversión. Según su opinión, en cinco años acabará esta depresión y los precios de los inmuebles remontarán. Con la venta podrá devolver los capitales iniciales y con las plusvalías él se hará rico.
Por desgracia dos de sus inversores se han quedado en paro, por lo que han retirado sus inversiones, así que él ha tenido que pedir un préstamo al banco para cubrir la falta de líquido. Y ahora, al no encontrar nuevos inversores que cubran la baja, para pagar los intereses, ha tenido que hipotecar su propia casa... Tal vez sea una buena oportunidad para comprársela.
¡Gracias, Vicent, por dejarme publicar este artículo en tu blog!
viernes, 5 de noviembre de 2010
Inspiración tecnológica

El otro día estaba leyendo a un analista económico de esos que tienen casi tan poco crédito como yo y realmente consiguió inspirarme. Aquel buen señor hablaba de la aceleración de las olas de Schumpeter (debo reconocer que ni él ni la escuela austríaca son santos de mi devoción). No sé si fue debido a mi baja comprensión del inglés o a la visión de una de aquellas gráficas, que entendí que este economista había deducido crestas y valles en la economía dependientes de determinados desarrollos tecnológicos que impulsaban los primeros (aunque más bien era la influencia de los avances tecnológicos sobre la economía, lo que se medía). En la imagen aparecía una primera ola naciendo en 1785 impulsada por la energía del agua, colonias fabriles junto a ríos e impulsadas por molinos fluviales, le industria del hierro y las innovaciones textiles. La primera ola decae para dar la salida a otra en 1845 impulsada por la máquina de vapor, las vías de la minas que darán paso, junto a la máquina de vapor, al desarrollo del tren, y la aparición del la industria del acero que modernizará toda la metalurgia. Si a la primera ola le da un periodo de 60 años, esta sólo tendrá 55 años. En 1900 arranca otra impulsada por la electricidad, la química y los motores de combustión interna. Que nos lleva hasta 1950. Cada vez los períodos son más cortos. De hecho, a partir de 1950, no creo que el ilustre economista tuviese nada que ver con la explicación de las siguientes olas. De
Mi mente se puso a trabajar con esas informaciones y analizando los datos llegue a la conclusión de que la gráfica se limitaba a hablar de olas tecnológicas pues en ella no se reflejaban los fenómenos como la gran depresión (aún al comienzo de la tercera cresta), la crisis del petróleo (al comienzo de la cuarta) o la gran crisis actual (en la cima de la que se cerrará en 2020). Por tanto de lo que se habla es únicamente de los grandes motores tecnológicos y su época. En casi todos los casos el impulso se viene preparando desde tiempo antes y en todos ellos el que toma la delantera tiene más oportunidades de obtener una compensación en forma de desarrollo económico. De este modo, como el comienzo de la nueva ola está cercano tendríamos que empezar a investigar y a desarrollar los motores de la próxima generación. Y si seguimos las reglas aparentes se trataría de una industria energética, una base tecnológica y una industria con aplicaciones lúdicas. Las energías limpias (eólica, mareas, solar...) son sin duda las tecnologías energéticas a desarrollar, tal vez junto a la de fusión, pero cuyos costes nos impiden tomar en solitario ninguna iniciativa al respecto. La base tecnológica va a ser, sin duda Internet 2.0, es decir IP6. En cuanto la tecnología de aplicaciones lúdicas,
martes, 28 de septiembre de 2010
¿Dónde está el punto de inflexión? Yo secundo la huelga.
Desde hace bastantes años vengo poniendo en duda todas las acciones de los sindicatos y su capacidad para representar a los trabajadores. Esa era la razón principal que me hacía dudar sobre el apoyo a esta jornada de huelga. Otra de las razones era el beneficio que podía obtener de ella el partido fascista y en general todos los neoliberales (responsables reales de esta crisis). Sin embargo, me he dado cuenta de que, esta mal llamada reforma laboral (sería más correcto llamarle desastre nacional), va a acabar con el poco empleo “justo” que queda.
Siempre he insistido en afirmar que el paro es un mal endémico de nuestro país, sin embargo, las medidas de protección de empleo salvaban algunos de puestos laborales decentes de crisis en crisis. Cosa que en último término servía de ejemplo para recuperar parte de ese tipo de puestos en los momentos de bonanza (cuando las empresas se benefician sin pensar en las personas de quien se han aprovechado).
Nuestro país, es cierto, necesita abaratar el empleo, pero el bloque neoliberal (PP, CiU, PNV y alguno más) prefiere forzar el abaratamiento del despido. Si el empleo es caro y el desempleo barato… ¿cuál es la conclusión?
Por si no fuese bastante se penalizan las bajas por enfermedad convirtiéndolas en razón de despido y, al tiempo, se sube la edad de jubilación a los 67… ¿quién va a poder llegar empleado a esa edad?
No es un reforma laboral, es un pacto para que empresarios como el inmoral presidente de la Patronal española, puedan deshacerse impunemente de las personas que han generado su riqueza. Es una ley para quitar las últimas responsabilidades a los causantes de la crisis.
No hace falta ser muy listo, pues, para darse cuenta de que esta “reforma”, lejos de mejorar el problema del paro, lo va a agravar. Pero es que además también va a bajar la productividad real del país pues, en primer lugar cunde el desanimo entre los trabajadores y, además, para reducir costos, los trabajadores que ejercerán a partir de ahora no van a ser los más cualificados.
Hasta hace unos meses España, a pesar de la enorme cantidad de bajas laborales que según la patronal sufría, era el país con mayor productividad por dinero invertido en trabajadores. Cierto que era de los últimos por hora trabajada, pero es que nuestros salarios son de miseria comparados con los precios que nos rodean. También es cierto que los españoles son los empleados menos dispuestos a desplazarse para ocupar un empleo, sin embargo ya demostramos que eso, lejos de ser en realidad un problema, era una riqueza económica que evitaba una situación mucho más desastrosa.
Está claro que no se pueden tomar medidas sin tener en cuenta las características del país, pero mucho menos perjudicando a los más necesitados, quitándoles sus últimas esperanzas y apoyando a aquellos, que en último término, son los responsables de nuestros actuales problemas.
Por todo esto y mucho más, yo secundo esta jornada de huelga.
El poder de los medios.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
El apego a la tierra como fórmula económica.

Siempre hemos comentado que España tenía el paro como una enfermedad endémica de su sociedad, pero hemos dicho muy poco de la capacidad que tiene esta sociedad para soportar, sin grandes rupturas, unos índices de paro muy superiores a lo que supondría el fin para países teóricamente más evolucionados como Alemania, EE.UU. o Japón. Aunque cueste creerlo, el gran apego de los españoles a su tierra, a su casa y a su familia, son la razón de algo que algunos ya sospechan como un milagro económico.
Históricamente España ya ha sido un país donde unos pocos producían para una enorme cantidad de capas sociales que constituían, sobre todo, las famosas manos muertas. Con esas premisas, la sociedad española se vio obligada a generar estructuras que permitieran la supervivencia de las familias. En el pasado, en una misma casa subsistían varias generaciones que, con una especialización interna, se apoyaban unas a otras. En cada zona del país adquirieron unas características propias para adaptarse a su entorno y al momento histórico.
Entre los siglos XVII y XIX aparece un flujo individuos que se desarraigan de sus familias para correr aventuras por las colonias americanas. Muchos de ellos se quedarán allí, pero tras la independencia de muchos de aquellas colonias, también son muchos los que regresan. El siglo XIX pudo, en este aspecto, ser muy malo para el Estado que tuvo que aprender a hacer sus cuentas sin el dinero que representaban estas colonias, pero no fue así para la sociedad. Muchos de los que regresaron de “hacer las americas” volvían con algo de dinero en el bolsillo, pero, ante todo, con un espíritu de innovación y de negocio que permitió cambiar la sociedad. Estos eran los indianos. Muchos de ellos montaron negocios que pudieron funcionar o no, pero que durante algunos años emplearon a otros individuos cambiando la orientación de nuestra sociedad.
En los libros de historia, cuando llegamos al siglo XIX siempre nos fijamos en los fenómenos políticos y olvidamos el posible sentimiento de un pueblo que vivía, en realidad, muy alejado de los esfuerzos de sus mandatarios por aprender a vivir en una nueva sociedad. Así, mientras las ciudades se transformaban, el país se metía en guerras perdidas de antemano como la de Filipinas, Cuba y Marruecos (esta ya en los comienzos de siglo XX).
Cuando se acababa el impulso dado por los indianos y aumentaban las corruptelas de los políticos. Las nuevas grandes urbes como Madrid, Bilbao, Valencia y, sobre todo, Barcelona, se convertían en un farolillo encendido para aquellos que se habían quedado sin tierras y pasaban hambre. De momento la emigración no era grande, pero cuando lo hacían eran familias enteras. Al llegar Primo de Rivera al poder y dar más fuerza a los terratenientes, la emigración se disparó, hasta llegar a un momento en que las ciudades no podías dar más trabajo.
La República trato de solucionar el problema endémico que suponían los terratenientes en el campo y de crear viviendas baratas para los emigrados en las ciudades. No tuvo tiempo suficiente de llevar a término otra vez su problema porque la guerra civil barrió de un plumazo todo lo conseguido.
El fin de esa guerra supuso el mayor éxodo de la historia de España. También la mayor destrucción de familias. Los esquemas originales de la sociedad española estaban rotos, pero, una vez más, la capacidad de adaptación de la sociedad a las circunstancias más miserables, reestructuró estas instituciones para adaptarse a la dictadura franquista. Sobre los años 50 empezaron a aparecer grandes centros de producción en las ciudades que arrastraron de nuevo a miles de ciudadanos del campo a la ciudad. La vida en el país era miserable, así que no fue extraño ver en una casa de 30m2 habitada por hasta 15 miembros de una o varias familias.
La vida era cara y los sueldos bajos, no todos eran capaces de emplearse, pero algunos lograban más de un empleo. Dentro del núcleo familiar el que no lograba empleo fuera lo hacía faenas en casa o incluso negociaba con casi cualquier cosa: chatarra, animales, tabaco extraído de colillas, productos ilegales o sacados de los economatos del ejército y la policía… No era raro encontrar casas donde todos los niños trabajaban en alguna fábrica mientras el padre trapicheaba con artículos sacados de los vertederos de basura. Fueron tiempos difíciles donde unos vivieron mejor que otros, pero donde nacieron unas estructuras familiares que hoy sustentan nuestra economía.
Los tiempos mejoraron y los empresarios hicieron lo posible por intentar arrastrar a los individuos lejos de sus familias para hacerlos vulnerables. Posiblemente de haber durado algo más el franquismo lo hubiesen logrado, pero llegó la democracia y estos intentos antinaturales de una vieja patronal corrupta sirvieron de excusa para oleadas de huelgas que sacudieron el país y, por primera vez en mucho tiempo, crear una estructura social no lesiva contra las familias.
A comienzos de los ochenta los derechos de los trabajadores españoles empezaron a parecerse a los de los trabajadores europeos y nuestra economía, a pesar de ello, crecía como ninguna. No obstante fueron muchas las empresas que quisieron coger atajos que tarde o temprano terminarían por dañar al resto de la sociedad. Sin embargo, a pesar de los momentos de bonanza, el paro en nuestro país no se esfumó, porque tenía un sustrato endémico inevitable, pero las cosas iban bien. Y pudieron ir mejor cuando en 1992 se juntaron Expo de Sevilla, Olimpiada de Barcelona y año cultural de Madrid. La respuesta tenía que haber sido el pleno empleo, pero el empresariado español estaba metido en el tren del pelotazo y trajeron trabajadores de Irlanda y Polonia para abaratar costes. Muchas pequeñas empresas notaron el error durante el mismo año 92, pero la crisis fue declarada en el 93. Fue Solchaga el que cometió el primer gran error promulgando una ley de huelga en la que se imponían servicios mínimos sin control y sin contraprestaciones para los trabajadores. Desde el instante en que se publico en el BOE hasta hoy se han perdido más de la mitad de los derechos que los trabajadores tenían. La gran mayoría entre el 2000 y el 2004.
A pesar del desastre, las familias aguantaron la situación y en los últimos catorce años, gracias al boom del ladrillo, hemos disimulado que éramos un país con paro endémico y aún nos hemos permitido el lujo de contratar una masa trabajadora extranjera que casi duplicaba la propia.
Al final ha llegado otra de esas crisis gordas y se ha destapado nuestra realidad y, de nuevo, muchas familias se están sosteniendo por la base de sus estructuras, aunque más débiles que nunca. Desgraciadamente nuestros políticos, lejos de darse cuenta de cuál es la realidad de nuestro país, se prestan a tomar las mismas medidas neoliberales para atacar esta crisis. Unas cataplasmas que han funcionado con reparos en otros lugares, pero que aquí, dada nuestra idiosincrasia, pueden suponer el final de nuestras bondadosas estructuras sociales.
Ahora se pretende alargar la edad de jubilación hasta los 67 años cuando nuestro país nunca ha querido emplear a los mayores de 45 años. Por si eso fuera poco, se permite el despido por coger demasiadas veces la baja, aun a sabiendas que después de los 55 años casi nadie se puede sostener en pie correctamente debido a la dureza de años de esfuerzo. Excusas baratas de un empresariado que ha perdido su capacidad innovación y de compromiso social y de unos políticos irresponsables vendidos a las ideas del neoliberalismo que, dicho de paso, es el padre de todas las crisis.
Ese neoliberalismo que hace vivir a un norteamericano en un autocaravan para poder aceptar un trabajo allí donde se produce. Llevando a su mujer y a sus hijos de estado en estado y de colegio en colegio, con un desarraigo total por su tierra y la incapacidad total de adquirir unos conocimientos adecuados para salir de esa espiral de mala vida. Sí, ese neoliberalismo se va imponiendo en cada reforma laboral, en cada paquete anticrisis, para desarraigarnos de nuestra tierra y de nuestras familias para acabar con… un paro endémico que es en realidad nuestra última barrera para salvaguardar nuestra verdadera economía social. Y la próxima vez que aumente el paro ya no habrá medidas que aplicar, porque estas se hacen sacando un recurso antiquísimo que ha crecido en nuestras familias y que está a punto de agotarse. Cuando el hombre pierde el arraigo a su tierra y a su familia pierde el orgullo y pierde la capacidad ser el mismo. A partir de ese instante es capaz de todo y nada, porque ya no tiene ninguna protección, pero su vulnerabilidad lo es a un tiempo del país que lo acoge tanto como del que deja.
Pero cuál es el mecanismo del arraigo para salvar la estabilidad social. A mediados de los noventa, la Unión Europea envió a sociólogos y economistas a estudiar esta evidencia de nuestro país. Nunca hubo una publicación conjunta de conclusiones porque no lograron ponerse de acuerdo, sin embargo, a lo largo de estos párrafos ya hemos desvelado algunas de las más importantes razones. Si añadimos que cuando una persona se encuentra en su ambiente y rodeado de los suyos es capaz de soportar mejor, física, económica y psicológicamente, las malas épocas, y que, además, las familias y allegados acostumbran a formar un núcleo solidario, ya tenemos la ecuación completa.
Tal vez deberíamos recurrir a la UNESCO para pedir ayuda en la salvaguarda de este modelo tradicional de familia que tiene muy poco que ver con el que defiende la iglesia o el PP, mucho más basado en los lesivos cortes neoliberales.
Imagen tomada de http://derecho.laguia2000.com . Los Simson, una crítica de la sociedad y la familia americanas con la que, en demasiadas ocasiones (cada vez más) nos sentimos identificados. Vemos que los únicos familiares cercanos son las gemelas hermanas de la esposa que siempre que ayudan lo hacen minando al matrimonio y el padre del marido, que fue desterrado a un asilo después de pagar la casa en que viven. Un perfecto ejemplo de solidaridad familiar.