NOTA del Administrador

Los temas económicos acostumbran a ser muy controvertidos (por no decir polémicos) por su trascendencia con la vida cotidiana y sus difíciles relaciones entre teoría y práctica. Además los ejercicios que se puedan hacer en tendencias macroeconómicas, nunca están exentos de politizaciones. Es por eso que ruego, a los que tengan a bien comentar alguno de estos artículos, identificarse correctamente. Pues todos aquellos comentarios anónimos o que no guarden las formas, serán eliminados.

Las discrepancia nunca es un problema.

¡Gracias!


sábado, 24 de julio de 2010

Economía prehistórica

El sol apenas ha empezado a despuntar entre los picos del este, cuando uno de los rayos ilumina a todos los cazadores del poblado cromañón del valle alto, a la puerta de su cueva principal. Hoy es día de caza y su presa uno de esos mamuts rezagados que aún no se han perdido detrás de la gran barrera de hielo.

Al caer la tarde el poblado estará alegre porque la caza habrá sido propicia. Uno de los mayores ejemplares habrá sido descuartizado y repartido entre el medio centenar de miembros que componen el grupo. Los trozos de carne han sido metidos bajo la nieve para su conservación. Hay carne para semanas, pero no sólo de ella se va a alimentar el poblado. Las mujeres ya han empezado a recoger bayas, raíces y hierbas comestibles de los lugares en que la nieve se retiró. Pero pronto se habrá retirado de todo el valle y tendrán que buscar su capacidad de conservación hacia los aristados picos montañosos.

No es buena idea guardar toda la carne. Con ella cerca del poblado siempre se pueden mantener un par de hombres vigilando para que no se la lleven las alimañas, pero lejos, en los cerros, eso no es viable. Antes de que llegue el verano hay que hacer algo útil con el excedente de carne.

En la cueva negra ya están ahumando las partes lisas del gigante mamut, Pero no todas las piezas son susceptibles de ese tratamiento. Además, con dos o tres ejemplares ya hay carne ahumada para todo el invierno. Sigue sobrando mamut que no es precisamente la carne más sabrosa. Durante el verano los cazadores darán con piezas más sabrosas: ciervos gigantes, jabalís, cabras montesas, aves corredoras y deliciosos lagartos. Demasiada carne para sólo una cincuentena de personas. Pero ya hace un par de años que el colectivo ha encontrado una solución muy interesante. A la mañana siguiente, una docena de hombres y un par de mujeres jóvenes, emprenden un viaje hacia el valle inferior con sus excedentes cárnicos. Allí hace semanas que el verano ha bañado de calor a la flora y la fauna, y otra comunidad humana, más numerosa aún que la suya, se ha adaptado a aquel otro hábitat. Para los cromañón del valle inferior la carne de mamut es una delicatesen por su exotismo. En la prehistoria unos pocos kilómetros podía considerarse una gran distancia y los viajes podían resultar peligrosos, pero en este caso también podía ser muy fructífero.

Las mujeres, aunque jóvenes, dirigirán los trueques entre ambos pueblos, sin embargo, las decisiones finales dependerán de los dos líderes. Casi seguro hombres.

Este año, además de la carne fresca también han llevado mamut ahumado. Aunque es el sobrante del anterior invierno, no supone un hándicap para los intercambios. Por su parte, en el poblado inferior también poseen productos para comerciar que no son comida. De hecho es un pueblo que tiene facilidad para comerciar con muchos otros y han llegado hasta allí unas maravillosas hachas de sílex y unos estupendos cuchillos de obsidiana que formarán parte de los intercambios. Igualmente, la mayor parte de la carne de mamut que ahora conseguirán, tomará el camino comercial hacia otras comunidades, por eso los ahumados van a ser muy apreciados.

El pueblo del valle inferior parece gozar de una vida muy cómoda. Por lo menos esa es la idea que trasmitirán los viajeros del valle superior cuando regresen a su poblado. Pero ellos no se han fijado en una casta nueva que se han visto obligados a crear: los soldados. La aparente riqueza de la que gozan es el objetivo de grupos nómadas y otros poblados hambrientos que no tienen con qué comerciar y que no dudan en atacar, siempre que pueden, para arrebatar parte o toda la riqueza que poseen.

Hace entre 25.000 y 50.000 años, el hombre de cromañón lucho por su supervivencia en un mundo hostil. Cada comunidad buscó sus propias soluciones, pero, sin duda, la capacidad de pasar a ser un grupo sedentario en lugar de una comunidad nómada, cambió la concepción económica de la supervivencia. Porque si bien la naturaleza de aquella época era más productiva, también era más peligrosa y el comercio entre comunidades podía aumentar su efectividad.

Hoy los expertos opinan que el comercio pudo alcanzar grandes distancias. Por lo menos se han encontrado útiles muy similares a distancias igualmente grandes. Esa sería la justificación, pero nadie puede negar que ese comercio pudiera evolucionar de comunidad en comunidad para hacer viajar a los objetos del comercio mucho más que a las personas.

Nadie cree que aquel comercio utilizara el dinero, sin embargo hay que diferenciar entre el comercio de productos perecederos (la mayoría) y no perecederos. De hecho, estos últimos, en muchas ocasiones podían llegar a ocupar el lugar del dinero. Colgantes, herramientas, pequeñas joyas, amuletos, sustancias dopantes… muchos pueden ser los objetos que podían llegar a adquirirse, no para consumo, sino para utilizarlos en futuros trueques. Eso ya eran, de algún modo, monedas de cambio. Aunque hay que tener claro que un pueblo que se especializara en el comercio del trueque, para sobrevivir debía conocer muy bien las preferencias y necesidades de sus vecinos. Además, de tanto en tanto no debía descartar que algunos de sus elementos viajaran lejos para hacerse con artículos lo bastante exóticos para generar un deseo ventajoso. Así mismo, una fuerte actividad comercial implicaría la creación de “envidias” en el entorno que obligaría a crear una casta guerrera para su supervivencia.

El comercio, pudo ser en origen algo temporal, pero allí donde apareció obligó a cambios sociales muy radicales.

lunes, 19 de julio de 2010

Nacimiento de la economía social: aparición de los mercados.


La sociedad evoluciona cuando se supera la economía de subsistencia y se logra un excedente para comerciar. Pero con un solo individuo que logre esos excedentes no es suficiente, porque para comerciar deberá pagar más de lo que valen por todos los productos, dado que los demás sí necesitan toda su producción si aún no poseen excedentes. Por tanto, el comercio podrá empezar cuando más de un individuo obtenga excedentes y, además, deberá ser de productos diferentes.

Esta sería una situación de mínimos para que se iniciara el comercio, pero aún no sería suficiente, porque si uno de los productores no desea el producto del otro tampoco podrá consumarse ninguna transacción.

Así, pues, para estar seguros de que se realicen intercambios comerciales, deben existir una cierta cantidad de excedentes y también una cierta variedad en los mismos, pero, además, repartidos entre diferentes productores.

Nuevamente parece que tenemos todas las garantías de que se iniciarán los procesos comerciales, y nuevamente nos equivocaremos... hace falta algo más. Hacen falta los medios y voluntades necesarios para el intercambio.

Imaginemos que el excedente de un agricultor está constituido por una sandía de cuatrocientos kilos. Esta sandía, por su peso, necesita de medios poco comunes para ser sacada del campo de cultivo y llevada a un lugar de mercadeo (digamos directamente un mercado). El dueño debe publicitar su producto para que llegue a oídos de un interesado. Sin embargo, es probable que, aunque muchos deseen adquirir sandía, cuatrocientos kilos, en una sola pieza de esa fruta, resulten excesivos. El agricultor, seguramente, deberá venderla en trozos, pero tendrá que lograr que los posibles compradores se pongan de acuerdo, si el reparto se demora, la sandía que aún no se ha repartido perderá características e incluso podría llegar a estropearse. Digamos que una sandía de cuatrocientos kilos, por interesante que nos parezca en otros aspectos, no es un buen negocio en la economía que acaba de superar la etapa de subsistencia. Sin lugar a dudas el agricultor hubiese podido ganar mucho más con un excedente de cuatrocientas sandías de un kilo que por esa monstruosa sandía del mismo peso en total.

Por tanto tenemos que ser conscientes de que las primeras economías de transacciones directas tenían unas necesidades, unas reglas y unas limitaciones que no permitían según que cosas, pero también que ya significaban una mejora en la vida de los individuos.

Está claro que el primer comercio establecido se basó en el trueque uno a uno, pero que, sin duda, se fue sofisticando y llenando de reglas que tendían a beneficiar a toda la sociedad. Aunque, conociendo les debilidades humanas, en más de una ocasión esas reglas pudieron degenerar para dar ventajas comerciales a determinados individuos.

Una de las consecuencias lógicas de los primeros mercados fue la de orientar a muchos individuos en la especialización de parte, o toda, su producción para obtener el resto de productos necesarios con ventajas. Dado que quien acertara con los excedentes más apetitosos sería el que lograría los intercambios más favorables, cabría pensar que unos podrían llegar a vivir mejor que otros y, es posible, que algunos no alcanzaran los mínimos para su subsistencia. Así, aunque los excedentes podían suponer una ventaja para todos, era necesario planificarlos adecuadamente porque, de lo contrario, el aumento de complejidad social que significaba el nuevo comercio, podía empobrecer a los menos aptos. Visto así, la economía de subsistencia era mejor para algunos individuos que esta nueva modalidad. La solución a este problema era poner reglas a los mercados ya que, egoístamente hablando, algunos de esos productores empobrecidos, lo eran porque no sabían comerciar, cuando, sin embargo, podían ser unos magníficos productores. Por otro lado, algunos comerciantes avispados podían producir muy poco o nada, y lograr toda su riqueza en las habilidades para llevar a cabo sus transacciones. Es decir, se enriquecían sin aportar nada a la sociedad. Como los productos no crecen solos, quiere decir que muchos productores, que eran útiles socialmente perdían mientras esos comerciantes, inútiles para la sociedad, ganaban. Entre uno y otro hay una serie de transacciones descompensadas que deberían regularse, pero... ¿cómo?

Los diferentes pueblos de la antigüedad, antes y después de la aparición del dinero, buscaron soluciones que moralizaran los mercados. Esas soluciones eran locales, como el valor de los productos...

Si el valor de los productos es local, un buen mercader debe conocer que producto es más apreciado en cada lugar y cual supone el excedente mayor de los mismos. Transportar los excedentes de un lugar a otro puede suponer un beneficio adicional para el mercader, pero también es útil a los pueblos, pues permite la especialización según los productos más adecuados para cada área y la posibilidad de obtener otros que allí no se producen en adecuada cantidad. Aquí los comerciantes se hacen necesarios para el desarrollo.

Sin embargo, en esos primeros tiempos, los comerciantes eran individuos con una clara afición por la riqueza (eso no ha cambiado, pero ya veremos en su momento que eso puede ser hasta positivo) y su moral, en el momento de llevar a cabo sus transacciones, se podía relajar mucho. Así que, por lo general, no debían ser individuos muy queridos, pero sin duda se habían vuelto necesarios. Así que su riqueza, su conocimiento de las debilidades humanas y su necesaria asociación con los poderosos, pudieron protegerles de las posibles desgracias.

Conforme avanzaban las sociedades, los comerciantes y mercaderes también terminaban por especializarse. Allí donde alguien descubriese una forma de ganar, aparecía un comerciante para llevar a cabo esa proeza.

Uno de los tipos de comerciantes más peculiares eran los que vendían dinero. Más correctamente lo prestaban. Eran individuos que se habían enriquecido más que otros y daban cantidades de dinero extra a algunas personas para cubrir una necesidad o realizar un negocio, pero bajo la promesa de devolver una cantidad superior o un producto de mayor valor en el mercado. Por extraño que parezca, cuando estos individuos se hicieron grandes de verdad y empezaron a prestar dinero a los estamentos políticos, la economía y la política dieron un salto adelante.

Ya hemos explicado que la imperfección de los primeros mercados estaba ligada a la avaricia de unos individuos determinados. No quiere ello decir que los demás usuarios de ese mercado no fuesen avaros, pero no eran lo bastante poderosos para desnivelar los mismos. Por supuesto, este tipo de avaricia perjudicaba siempre a los menos dotados y, desde un punto de vista del liberalismo actual no existía ninguna imperfección en esos mercados más allá de su reducido tamaño. Según esas teorías las únicas regulaciones necesarias eran las que permitían transacciones limpias (sin estafas) y las que debían compensar el bajo nivel de transacciones que se llevaban a cabo.

Con todo esto, no es de extrañar que, cuando Aristóteles definió las dos vertientes de la economía, en su libro “Política”, tratara como algo muy negativo y corrupto todo lo relativo a las transacciones comerciales. Algo que calaría siglos después en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, que definiría la usura. Es, seguramente, en ese momento cuando la iglesia católica prohibió los préstamos, considerándolos un grave pecado. Más tarde, cuando los reyes y Papas necesitaron de líquido para sus juergas y sus guerras, recurrieron a los mercaderes judíos, liberados de esa obligación de no prestar riquezas como negocio.

viernes, 21 de mayo de 2010

¿Son justos los ajustes de ZP?


Galleguizando la pregunta diría: ¿Cuándo es justo un ajuste presupuestario?

Con esta nueva pregunta queda respondida la primera, pero para los que no lo entiendan, especificaré diciendo que, no es justa, pero es necesaria. No obstante las primeros resultados de este ajuste serán necesariamente malos, de hecho el Gobierno ya rectificado sus perspectivas de crecimiento a la mitad (justo lo contrario de lo que ha hecho el FMI, lo que explica que sus informes tengan menos capacidad de acierto que Carlos Jesús de Raticulín, eso sí, influyen más en las reglas establecidas que las fases lunares).

Es evidente que ZP no quería tomar ese camino, pero las presiones externas le han obligado, de ahí que no haya emprendido, con tiempo suficiente, una labor pedagógica sobre el tema que reduzca el impacto de la crítica. En Alemania, por ejemplo, llevan tiempo anunciando la necesidad de esos recortes y reforzando las explicaciones con frases como que “los alemanes han estado mucho tiempo viviendo por encima de sus posibilidades”. Se supone que algo parecido hubiese tenido que llevarse a cabo en nuestro país, aunque creo que no hubiese tenido mucho valor decir que aquí también han estado los alemanes viviendo por encima de sus posibilidades durante mucho tiempo. Y si no que se lo pregunten a los mallorquines.

De todas las fórmulas planteadas, la única que se ha explicado debidamente es la subida de impuestos. Precisamente esa medida es la más protestada por el PP, el partido que aquí defiende el neoliberalismo más duro y, en último término, responsable de la actual crisis. Es obvio que la subida de impuestos ralentizará la economía y retrasará la salida de la crisis, pero hay cuentas que pagar, y las sucesivas bajadas de impuestos habidas en los últimos veinte años, han limitado la capacidad de regeneración de las arcas del Estado en “estados carenciales”. Dice la economía clásica que la bajada de impuestos aumenta la circulación de líquido, pero todo tiene un límite y, personalmente, yo también creo que ese límite se sobrepasó a comienzos de siglo.

Tampoco a mí me gustan las medidas tomadas, en especial las de largo recorrido como la subida de la edad de jubilación que me parece más que absurda y ya le dedicaré un artículo en otro momento (palabra). Pero lo que me preocupa no son las medidas tomadas, sino las que no se han tomado. Con las actuales fórmulas volveremos a pagar los de siempre los excesos de otros, así que era necesario echarle güebos y atacar a especuladores y directivos de empresas. También es necesario proteger el empleo encareciendo el despido (justo lo contrario de lo que demanda la desprestigiada Patronal) y abaratando el empleo (que es lo que hace falta de verdad). Sobre este tema, si hay alguien del gobierno interesado, estoy dispuesto a darles una gran cantidad de sugerencias que creo nos podrían sacar de la crisis mucho antes de lo esperado (incluso teniendo en cuanta nuestros graves problemas estructurales de nuestro país).

Es bonito decir “¿Qué pague la cris quien la generado?”. Todos estamos de acuerdo con esta frase, pero quién es el guapo que se lo hace pagar… ¿Tú? Así que no nos queda más remedio que apechugar con el marrón… otra vez. Lo que debemos exigir son garantías de que no nos la van a volver a dar con queso nunca más. Debemos exigir medidas que controlen los movimientos de los capitales en maniobras de especulación que desestabilicen la economía legítima y, sobre todo, que se protejan nuestras estructuras sociales adecuadamente. Todo esto, dicho así, parece muy ambiguo, pero si decimos que, antes de la crisis, no hubiésemos intentado evitar el reventón de la burbuja inmobiliaria y la hubiésemos roto nosotros, el suceso se hubiese producido con un entorno económico más favorable enganchando sólo a los especuladores (ver artículo sobre quiénes son los especuladores) y poco más. Hoy no tendríamos que lamentar el hacho de que muchas familias se estén quedando en la calle.

En resumen: lamentamos las actuales medidas más propias de un partido de derechas que de izquierdas, pero las aceptamos como necesarias. Eso sí, las creemos necesarias, pero insuficiente y, sobre todo, queremos unas garantías y seguros como únicos responsables de la recuperación. No es muy justo que se le pongan medallas al presidente de “Súper Banco” o “Súper Empresa” cuando ya se han forrado de billetes y luego no se nos valore a los ciudadanitos de a pie cuando pagamos la reconstrucción de la ruina económica que él ha creado para engrosar sus cuentas de las Islas Caimán.

Imagen tomada de http://castillaunida.files.wordpress.com/2008/11/zp.jpg

domingo, 9 de mayo de 2010

La corrupción de los mercados: "el especulador".


En momentos de crisis se hacen necesarios acuerdos entre los diferentes sectores de la sociedad. Nadie duda de que esta crisis ha alcanzado los niveles que ha alcanzado por culpa de unos sectores de la sociedad muy específicos y que, como de costumbre, va a ser muy difícil hacérselos pagar. Aún así hay que tomar medidas “contra” ellos (sí, he dicho contra) para que no se vuelva a repetir.

En esencia, los malos de esta película son los especuladores. Pero, ¿quiénes son los especuladores? Usamos el término de especulador muy alegremente, pero nunca somos capaces de ponerles cara y ojos porque descubriríamos, en demasiadas ocasiones, lo cercano a nosotros que es este individuo.

Hay muchos tipos de especulador. En general nos gusta pensar que este señor es extranjero y que trae su dinero aquí porque va a recibir grandes intereses con muy poco riesgo. Pensamos en los inversores de enormes áreas de casas ligadas a campos de golf, bloques de viviendas en zonas exclusivas de las grandes ciudades… Pero lo cierto es que ese inversor extranjero al que culpamos, no sin cierta razón, lo hace a través de los bancos prestando dinero a los banca de aquí para que invierta en cualquier oportunidad de beneficio que salga. Y ese dinero, en los tiempos de bonanza, formó parte mayoritaria de las hipotecas. La gran ventaja que ofrecía esta inversión en nuestro país es que, a diferencia de lo que ocurre en el resto del mundo, el impago no sólo implica la pérdida de la propiedad por parte del deudor (embargo y desalojo de la vivienda), sino que, además, parte de la deuda sigue pendiente aún.

Pero, dado que este inversor extranjero no actúa directamente sobre su inversión y que sólo hace que contratar un producto bancario que se le ofrece, resulta que no es el tipo de especulador al que nos referimos. Después de todo ¿quién está ofreciendo en realidad ese producto?: “La Banca”. Así pues, la banca es nuestro primer culpable, pero a un tiempo, como depositario del dinero y única institución habilitada para prestar el dinero que hace falta para salir de la crisis, también es una respuesta a la solución del problema. Ante el dilema que actuar “contra” la banca plantea, no es fácil tomar medidas.

En estos momentos la banca, una vez perdida la inversión extranjera, no dispone de suficiente líquido para prestar a las empresas que desean salir de la crisis. Por otro lado, muchos de estos bancos vendieron activos “lentos” al Estado para hacerse con un líquido que han invertido en adquisiciones fuera de territorio español (véase como Santander adquirió grupos financieros en EE.UU. y Reino Unido), lo que constituye un fraude a la economía de nuestro país. Por otro lado, los ejecutivos de esos grupos bancarios tienen salarios y retribuciones varias, muy salidos de los niveles racionares. Un dinero, el que cobran estos ejecutivos, que puede parecer pequeño frente al capital de la empresa, pero que es enorme frente a los salarios que se ahorran en despidos de su personal de base y que, en muchos casos, podría significar el préstamo que salvaría una o varias pequeñas o medianas empresas. Por tanto esos salarios, primas y demás retribuciones a ejecutivos, sobre todo en una época de crisis, resultan una inmoralidad. Esa es la razón por la que el estado pidió a finales del pasado verano su moderación. Moderación que la banca descartó de inmediato… y parece que no se puede hacer nada al respecto, tal es el poder de la banca en nuestro país.

De todas formas, la banca, por volumen especulativo, puede no ser el peor enemigo de la economía. Hay otro tipo de especulador más pequeño, pero que por su gran número es más importante. De cuantas personas no hemos escuchado que adquirieron propiedades inmobiliarias antes de la gran subida y las vendieron después con gran beneficio, o que ahora, aprovechándose de las necesidades de personas endeudadas, adquieren pisos a bajo precio para alquilar, especialmente a emigrantes (a los que se cobra por encima del valor del mercado) o por semanas a turistas “low cost”. Incluso, aunque parezca hipócrita porque es una fuente de inversión empresarial, que me dicen de los que invierten en bolsa y hacen saltar su dinero de oportunidad en oportunidad.

Realmente toda búsqueda del máximo beneficio es especulativa, la cuestión está en delimitar donde está la línea que separa el simple negocio de la amoralidad. Porque, aunque queramos creer lo contrario, todo movimiento de dinero tiene unas consecuencias que no deben ser obviadas y si lográramos unas transacciones más éticas, posiblemente no se lograrían tan grandes beneficios, pero se suprimirían gran parte de los peligras que llevan a una crisis o agravan estas.

sábado, 10 de abril de 2010

Expansión y punto (¡COM!)


Han leído alguna vez uno de esos periódicos económicos que rondan por ahí. Yo lo hago muy de vez en cuando. También de vez en cuando doy un vistazo a sus web’s y siempre me termino haciendo la misma pregunta: ¿a quién le interesan, de verdad, sus artículos?. Un poco para obtener respuesta a esa pregunta, leo los comentarios de los lectores a esos artículos y encuentro las mismas disputas de cualquier foro, pero un poquito descafeinados. Antes creía que eso era porque la gente era muy educada y tal… Pero hoy he descubierto porqué. Al querer hacer un comentario, en el artículo http://www.expansion.com/2009/02/06/empresas/1233959276.html , me ha salido este mensaje:
Expansion.com no admite insultos ni palabras ofensivas en los comentarios de los lectores.
Si quiere que el suyo se publique, por favor, reviselo. Gracias por su participacion.
Lo he revisado y a mí no me parece que posea insultos ni contenga palabras que puedan considerarse ofensivas. En cualquier caso, como no me apetece aceptar las censuras de nadie, he decidido publicar mi comentario en mi propio blog:
Hoy por hoy el hipermercado donde compro con más comodidad y donde encuentro la mayoría de los productos que busco es Hipercor. Posiblemente sea algo más caro que otros, pero también me llevo menos malas sorpresas con los productos adquiridos que al final modifican el precio final de forma considerable. Mercadona, en su día fue de los mercados que usé más, pero de un tiempo a esta parte se parece demasiado a Dia, donde cuesta encontrar demasiados artículos, lo mismo sucede con Lidl, que a menudo ofrece artículos de marcas desconocidas que unas veces salen bien y otras mal.
Vamos soy fiel al que me sirve como yo quiero. Carrefour, Lidl y Dia, no me dan bolsas y, como compro semanalmente, complican mucho mis compras, El Corte Inglés es demasiado caro (más que Hipercor aunque sean del mismo dueño), respecto a Eroski-Caprabo no me quedan cerca de casa. En Condis faltan muchos artículos y Bon Preu es muy lento.
Respecto a ellos se limitan, TODOS, a hacer sus estudios de mercado y seguir las políticas de venta que creen les van a hacer más ricos y en esas ecuaciones los empleados y los clientes son meros números. Decir que cualquier gran empresa (y esto es extensible a todo tipo de empresa sea del sector que sea) se preocupa de algo que no sea su saca es absurdo. Sí es cierto que algunas ofrecen ventajas a sus empleados, familias o clientes, pero también lo es que muchas fomentan fundamentalismos casi religiosos (aquí Mercadona y McDonals son claros ejemplos), nada que no se imagine como una ventaja en la máquina de hacer oro. Al final, para que los trabajadores obtengan muchos de sus derechos tienen que terminar en luchas obreras y en los tribunales. Igualmente, para que los clientes tengan lo que realmente quieren comprar deben ir con los ojos bien abiertos.
Que un supermercado tiene un dueño francés, americano o español, es totalmente intrascendente porque el dinero que circula sigue circulando y el que va a su saca sigue yendo a su saca y no a la mía... ¿Por qué tendría que preocuparme entonces la nacionalidad de sus propietarios? ¿Se preocupan ellos de la mía o sólo les importa mi dinero?

jueves, 8 de abril de 2010

El Estado como intermediario entre empresariado y trabajadores.

Para un liberal en su máxima expresión (no es la opinión de todos), la intervención del Estado en el establecimiento de las normativas laborales y los salarios, es un ultraje. Ellos creen que empresarios y representantes de los trabajadores pueden llegar a acuerdos en función de las exigencias del mercado. Por desgracia el trato entre estos dos grupos siempre viene definido por la ley del más fuerte. Nuestro país ha sido ejemplar en estas situaciones. Cuando a finales de los setenta se liberó el derecho de huelga, los sindicatos pusieron en jaque al mundo empresarial, pero con su presión lograron mejorar el nivel adquisitivo real de los trabajadores y, de rebote (no fue su intención), demostrar que muchos sectores económicos estaban totalmente obsoletos. El Estado se encontró con un INI lleno de empresas inviables, como Altos Hornos de Sagunto, otras a las que urgía una renovación, como Iberia y RENFE y otras que se sostenían por su estado de monopolio: Telefónica, CAMPSA, Tabacalera… Para responder a la tarea que a los gobiernos de la época se les planteaba, tuvieron que plantar cara al sector obrero, lo que les descalificaba ante estos. Por si esto no fuera suficiente, la Unión Europea exigía unos esfuerzos adicionales que afectaban más a este sector que al empresarial (la UE, antes Mercado Común, nunca fue muy sensible a las necesidades de los trabajadores). Este conjunto de cosas y la fuerza de los sindicatos en aquellos momentos, aunque estos no fuesen capaces de reconocerlo, desautorizó al gobierno como mediador en las relaciones empresa-obrero. Afortunadamente fueron tiempos económicamente buenos y en nuestro país más. Tiempos en que se pudo poner el listón cada vez más alto hasta llegar a 1992. Los juegos olímpicos, la Expo de Sevilla y el año cultural de Madrid. El momento propició el primer exceso inmobiliario con una sobrecontratación de obreros de la construcción que necesariamente no se podría mantener después del año olímpico. Para la oleada de trabajos llegaron obreros de todas partes pues no existían tantos albañiles y obreros especializados en nuestro país. Polonia e Irlanda fueron dos de los países que más trabajadores aportaron a nuestras obras, pero cuando estas terminaron regresaron, sin problemas, a sus países de origen. Las grandes obras terminaron en 1991 y con ellas los grandes pedidos a otras industrias que estas necesitaban, así que del boom se pasó a la crisis, pero esta aún se pudo contener unos meses mientras el efecto del turismo, suscitado por aquellos eventos, compensaba parte de aquella pérdida. Así fue como la mayoría de españoles se percato de la recesión en 1993.

Durante las vacas gordas habían mejorado las remuneraciones de los sectores relacionados con la construcción (de ahí que muchos obreros del norte de Europa vinieran a ganarse un plus en nuestro país), pero cuando la cosa retornó a cifras normales las infraestructuras de todo el entorno inmobiliario habían crecido más de lo necesario y no podían sostenerse a un ritmo más bajo. Las grandes empresas encontraron salidas a su crisis, pero no las pequeñas. Por su parte los trabajadores fueron los más afectados. Por si esto no fuese suficiente, la bonanza había creado anormalidades económicas que quedaban al descubierto en la crisis. Ante las amenazas de huelgas que perturbaran el proceso de recuperación, el gobierno de Felipe González se inventó una ley de huelga en que los servicios mínimos ya no paralizaran más el país. Poco se imaginaban que acababan de decantar la balanza del lado de las grandes empresas que, a partir de aquel momento aprendieron a imponer servicios mínimos que convertían a la huelga en una herramienta inútil.

Aquella crisis del 93 fue breve porque no fue global y los bajos precios de la construcción en nuestro país respecto a la de otros países europeos hizo que muchos jubilados de esos países adquirieran propiedades en nuestro país salvando el mercado antes de lo esperado.

No todo fue tan positivo como cabria esperar porque a aquella crisis, poco después siguió otra internacional que pilló a España sin levantar aún el vuelo. Además, aquella ley de huelga hizo que los trabajadores españoles empezaran a perder rápidamente ventajas sociales que habían costado más de un siglo de luchas. En aquellas fechas el ministro Solchaga impuso unas medidas de choque que perjudicaron muchísimo a los trabajadores, pero que sacaron a nuestro país de aquella crisis. Una vez levantada la situación todos esperaban que, poco a poco, fueran retornando a aflojarse las apreturas de los que habían subvencionado la recuperación, pero los escándalos de corrupción, las campañas de unos medios de comunicación interesados y la poca educación democrática de nuestro país, entregó, en las elecciones del 1996, el gobierno al partido de la derecha más rancia. Y, para muchos, el cinturón ya no se volvió a aflojar jamás.

Si bien en el momento de las elecciones ya se había superado la crisis, la mayoría de sectores no había retornado a la normalidad y el nuevo gobierno aprovechó para endurecer aún más las medidas de Solchaga, pero generando algunas concesiones a los sindicatos para estabilizar la situación social. Entre tanto, aprovechando la creciente inversión extranjera en bienes raíces (jubilados ingleses, turistas y blanqueadores de dinero en su mayoría), se liberó suelo protegido que empezó a hacer crecer de nuevo la maquinaria del sector inmobiliario.

En los siguientes años los trabajadores no tenían con que luchar, pero el pelotazo inmobiliario generó un espectacular estado de bonanza que permitió a los sindicatos aliarse con el gobierno para evitar la aniquilación total de los últimos beneficios sociales que le quedaban a la clase trabajadora. Los trabajadores, además, se tenían que endeudar para poder llegar a los nuevos precios que alcanzaban sus viviendas, lo que permitía a los poseedores de más de una vivienda jugar a la especulación con ellas y acrecentar la espiral loca de ese sector.

Durante ocho años nadie puso freno a la locura del ladrillo y, aunque era obvio que terminaría por estrellarse, el gobierno fomentó más y más el sector.

Nuevamente en 2004, fenómenos ajenos a la economía, llevaron al cambio de gobierno en unas elecciones. Los nuevos gobernantes eran conscientes del problema creado en ese sector, pero a un tiempo quedaron seducidos por el poderío económico aparente que daba al país. De este modo se vieron pillados entre las tendencias para frenar la escalada inmobiliaria y las estadísticas de crecimiento. Por otro lado, desde finales de los noventa, se había producido una escalada de la inmigración, especialmente para trabajar en el sector inmobiliario. Pero, a diferencia de 1992, estos nuevos inmigrantes no eran mano de obra especializada y venían de países a los que no pretendían volver (por lo menos no inmediatamente). El tan cacareado efecto llamada, como llamaron algunos, llenó el país de mano de obra barata que, en demasiadas ocasiones, algunos empresarios sin escrúpulos contrataban ilegalmente. La falta de mano de obra hubiera podido paralizar el sector del tocho, pero gracias a estos pobres inmigrantes deseosos de una vida mejor, muchos siguieron enriqueciéndose a costa de todos.

Así crecía el parque inmobiliario mucho más allá de lo necesario, con pisos de mal construidos, sin aportar nada bueno a las clases trabajadoras y provocando un fuerte movimiento especulativo. Y de la especulación a la corrupción sólo hay un paso que se dio con excesiva frecuencia.

Es obvio que la situación era insostenible y sólo hacía falta un pequeño empujoncito para derribar el castillo de naipes y este terminó por llegar entre 2008 y 2009 en forma de una crisis financiera mundial provocada por el asesamiento financiero del gabinete Bush que permitió auténticos desbarajustes empresariales e hipotecarios.

Ahora estamos inmersos en esa crisis y, a pesar de la gran bajada que han tenido que experimentar los productos inmobiliarios en nuestro país, estamos muy lejos del reventón de la llamada “burbuja inmobiliaria”. Sin duda, el haber llevado el precio de la vivienda al valor real hubiese perjudicado a especuladores y bancos que aún intentan ir frenando la caída a costa de medidas que siguen perjudicando la economía.

Pero el sector inmobiliario no es el que nos interesa, sino la crisis en sí que ha vulnerabilizado un poco más a la clase obrera y ha facilitado que se le amputen más derechos.

Por ahora el gobierno, en sus medidas anticrisis, no ha cargado totalmente en los trabajadores el esfuerzo de recuperación. Sin embargo los sectores neoliberales aprovechan para pedir el despido libre o sucedáneos como la bajada de las clausulas de despido. Entre tanto, los blindajes contractuales de los grandes ejecutivos no sólo no se tocan, sino que siguen repartiéndose unos beneficios obtenidos de lo que se ahorran con trabajadores y pequeños inversores. En estos momentos, esa clase que un día fue llamada proletariado y hoy es la clase media-baja, está totalmente desprotegida y si el gobierno no lo hace, si se deja en manos de teorías idealistas liberales, sus derechos quedarán reducidos a un estado inferior al de los inicios de la Revolución Industrial.

Tal vez ha llegado el momento de implementar algunas medidas que permitan a los trabajadores luchar por sus derechos en igualdad de condiciones que las empresas. Y si no es posible, el estado deberá seguir siendo mediador en todas las disputas y decantándose preferentemente del lado del más débil.

domingo, 14 de marzo de 2010

La corrupción de los mercados (Introducción)

La corrupción de los mercados (Introducción)

El liberalismo, tal cual, podría ser una buena filosofía económica, siempre y cuando los mercados fuesen perfectos, pero por desgracia los mercados distan mucho de esa perfección. Para tratar con esos mercados reales, tan lejanos del ideal necesario, existen tantas formas de liberalismo como liberales hay. Al final son aquellos que comandan los mercados los que imponen la forma de liberalismo que les conviene y que, por lo general es la que menos le conviene a ese mismo mercado.

El ideal de liberalismo es que existiese una autoridad, lo más ajena posible al mercado, con mayor poder que ninguno de los actores que intervienen en el mismo, que vele por la libertad de todas las transacciones. Generalmente esa autoridad deben ser los Estados y las asociaciones internacionales de estos. Las autoridades deben velar por la perfección de los mercados, pero cuando algunas empresas adquieren suficiente poder en alguna parcela de este, el mercado se pervierte. También si el elemento privado, base del liberalismo, interfiere en las políticas de la autoridad, el propio mercado queda corrompido.

Cuando el mercado se corrompe el liberalismo hace daño y arrastra toda la economía hacia el beneficio de unos pocos a costa del daño de muchos. La famosa mano invisible de Adam Smith es atada y todas las transacciones que se produzcan en ese mercado llevarán al enriquecimiento de unos y al empobrecimiento de mucho hasta desembocar en una crisis masiva.

Las multinacionales, la corrupción administrativa, la especulación, la intervención de la banca en los mercados, la financiación de los partidos, las modas, los intereses regionales, las ansias de poder, la religión, el control de la prensa, la falta de cultura, los derechos de patente, la SGAE, las complicaciones burocráticas, los favoritismos… son algunos de los muchos elementos que perturban la necesaria placidez de ese estanque llamado mercado que debería volvernos la imagen de nuestras intervenciones en él como si de un espejo se tratara.

En los próximos capítulos iremos analizando, uno a uno, todos esos elementos que perturban y corrompen ese mercado, con la idea, de, al final, poder teorizar si es posible llevar a término la filosofía del liberalismo o si tenemos que diseñar nuevos conceptos para la economía y un nuevo sistema más real y más útil.

Imagen tomada de la Wikipedia.