Smith, Ricardo, Marx, Keynes, Friedman... ¿Dónde está la verdad en economía? Desde siempre, cada ideólogo de la economía ha procurado arrimar el ascua a su sardina, pero lo cierto es que a la hora de la verdad las disposiciones que se toman tienen repercusiones más allá de lo esperado y ni marxismo, ni liberalismo, ni ninguna escuela económica que haya existido ha podido predecir con aceptable exactitud el comportamiento de la economía real.
NOTA del Administrador
Los temas económicos acostumbran a ser muy controvertidos (por no decir polémicos) por su trascendencia con la vida cotidiana y sus difíciles relaciones entre teoría y práctica. Además los ejercicios que se puedan hacer en tendencias macroeconómicas, nunca están exentos de politizaciones. Es por eso que ruego, a los que tengan a bien comentar alguno de estos artículos, identificarse correctamente. Pues todos aquellos comentarios anónimos o que no guarden las formas, serán eliminados.
Las discrepancia nunca es un problema.
¡Gracias!
martes, 28 de septiembre de 2010
El poder de los medios.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
El apego a la tierra como fórmula económica.

Siempre hemos comentado que España tenía el paro como una enfermedad endémica de su sociedad, pero hemos dicho muy poco de la capacidad que tiene esta sociedad para soportar, sin grandes rupturas, unos índices de paro muy superiores a lo que supondría el fin para países teóricamente más evolucionados como Alemania, EE.UU. o Japón. Aunque cueste creerlo, el gran apego de los españoles a su tierra, a su casa y a su familia, son la razón de algo que algunos ya sospechan como un milagro económico.
Históricamente España ya ha sido un país donde unos pocos producían para una enorme cantidad de capas sociales que constituían, sobre todo, las famosas manos muertas. Con esas premisas, la sociedad española se vio obligada a generar estructuras que permitieran la supervivencia de las familias. En el pasado, en una misma casa subsistían varias generaciones que, con una especialización interna, se apoyaban unas a otras. En cada zona del país adquirieron unas características propias para adaptarse a su entorno y al momento histórico.
Entre los siglos XVII y XIX aparece un flujo individuos que se desarraigan de sus familias para correr aventuras por las colonias americanas. Muchos de ellos se quedarán allí, pero tras la independencia de muchos de aquellas colonias, también son muchos los que regresan. El siglo XIX pudo, en este aspecto, ser muy malo para el Estado que tuvo que aprender a hacer sus cuentas sin el dinero que representaban estas colonias, pero no fue así para la sociedad. Muchos de los que regresaron de “hacer las americas” volvían con algo de dinero en el bolsillo, pero, ante todo, con un espíritu de innovación y de negocio que permitió cambiar la sociedad. Estos eran los indianos. Muchos de ellos montaron negocios que pudieron funcionar o no, pero que durante algunos años emplearon a otros individuos cambiando la orientación de nuestra sociedad.
En los libros de historia, cuando llegamos al siglo XIX siempre nos fijamos en los fenómenos políticos y olvidamos el posible sentimiento de un pueblo que vivía, en realidad, muy alejado de los esfuerzos de sus mandatarios por aprender a vivir en una nueva sociedad. Así, mientras las ciudades se transformaban, el país se metía en guerras perdidas de antemano como la de Filipinas, Cuba y Marruecos (esta ya en los comienzos de siglo XX).
Cuando se acababa el impulso dado por los indianos y aumentaban las corruptelas de los políticos. Las nuevas grandes urbes como Madrid, Bilbao, Valencia y, sobre todo, Barcelona, se convertían en un farolillo encendido para aquellos que se habían quedado sin tierras y pasaban hambre. De momento la emigración no era grande, pero cuando lo hacían eran familias enteras. Al llegar Primo de Rivera al poder y dar más fuerza a los terratenientes, la emigración se disparó, hasta llegar a un momento en que las ciudades no podías dar más trabajo.
La República trato de solucionar el problema endémico que suponían los terratenientes en el campo y de crear viviendas baratas para los emigrados en las ciudades. No tuvo tiempo suficiente de llevar a término otra vez su problema porque la guerra civil barrió de un plumazo todo lo conseguido.
El fin de esa guerra supuso el mayor éxodo de la historia de España. También la mayor destrucción de familias. Los esquemas originales de la sociedad española estaban rotos, pero, una vez más, la capacidad de adaptación de la sociedad a las circunstancias más miserables, reestructuró estas instituciones para adaptarse a la dictadura franquista. Sobre los años 50 empezaron a aparecer grandes centros de producción en las ciudades que arrastraron de nuevo a miles de ciudadanos del campo a la ciudad. La vida en el país era miserable, así que no fue extraño ver en una casa de 30m2 habitada por hasta 15 miembros de una o varias familias.
La vida era cara y los sueldos bajos, no todos eran capaces de emplearse, pero algunos lograban más de un empleo. Dentro del núcleo familiar el que no lograba empleo fuera lo hacía faenas en casa o incluso negociaba con casi cualquier cosa: chatarra, animales, tabaco extraído de colillas, productos ilegales o sacados de los economatos del ejército y la policía… No era raro encontrar casas donde todos los niños trabajaban en alguna fábrica mientras el padre trapicheaba con artículos sacados de los vertederos de basura. Fueron tiempos difíciles donde unos vivieron mejor que otros, pero donde nacieron unas estructuras familiares que hoy sustentan nuestra economía.
Los tiempos mejoraron y los empresarios hicieron lo posible por intentar arrastrar a los individuos lejos de sus familias para hacerlos vulnerables. Posiblemente de haber durado algo más el franquismo lo hubiesen logrado, pero llegó la democracia y estos intentos antinaturales de una vieja patronal corrupta sirvieron de excusa para oleadas de huelgas que sacudieron el país y, por primera vez en mucho tiempo, crear una estructura social no lesiva contra las familias.
A comienzos de los ochenta los derechos de los trabajadores españoles empezaron a parecerse a los de los trabajadores europeos y nuestra economía, a pesar de ello, crecía como ninguna. No obstante fueron muchas las empresas que quisieron coger atajos que tarde o temprano terminarían por dañar al resto de la sociedad. Sin embargo, a pesar de los momentos de bonanza, el paro en nuestro país no se esfumó, porque tenía un sustrato endémico inevitable, pero las cosas iban bien. Y pudieron ir mejor cuando en 1992 se juntaron Expo de Sevilla, Olimpiada de Barcelona y año cultural de Madrid. La respuesta tenía que haber sido el pleno empleo, pero el empresariado español estaba metido en el tren del pelotazo y trajeron trabajadores de Irlanda y Polonia para abaratar costes. Muchas pequeñas empresas notaron el error durante el mismo año 92, pero la crisis fue declarada en el 93. Fue Solchaga el que cometió el primer gran error promulgando una ley de huelga en la que se imponían servicios mínimos sin control y sin contraprestaciones para los trabajadores. Desde el instante en que se publico en el BOE hasta hoy se han perdido más de la mitad de los derechos que los trabajadores tenían. La gran mayoría entre el 2000 y el 2004.
A pesar del desastre, las familias aguantaron la situación y en los últimos catorce años, gracias al boom del ladrillo, hemos disimulado que éramos un país con paro endémico y aún nos hemos permitido el lujo de contratar una masa trabajadora extranjera que casi duplicaba la propia.
Al final ha llegado otra de esas crisis gordas y se ha destapado nuestra realidad y, de nuevo, muchas familias se están sosteniendo por la base de sus estructuras, aunque más débiles que nunca. Desgraciadamente nuestros políticos, lejos de darse cuenta de cuál es la realidad de nuestro país, se prestan a tomar las mismas medidas neoliberales para atacar esta crisis. Unas cataplasmas que han funcionado con reparos en otros lugares, pero que aquí, dada nuestra idiosincrasia, pueden suponer el final de nuestras bondadosas estructuras sociales.
Ahora se pretende alargar la edad de jubilación hasta los 67 años cuando nuestro país nunca ha querido emplear a los mayores de 45 años. Por si eso fuera poco, se permite el despido por coger demasiadas veces la baja, aun a sabiendas que después de los 55 años casi nadie se puede sostener en pie correctamente debido a la dureza de años de esfuerzo. Excusas baratas de un empresariado que ha perdido su capacidad innovación y de compromiso social y de unos políticos irresponsables vendidos a las ideas del neoliberalismo que, dicho de paso, es el padre de todas las crisis.
Ese neoliberalismo que hace vivir a un norteamericano en un autocaravan para poder aceptar un trabajo allí donde se produce. Llevando a su mujer y a sus hijos de estado en estado y de colegio en colegio, con un desarraigo total por su tierra y la incapacidad total de adquirir unos conocimientos adecuados para salir de esa espiral de mala vida. Sí, ese neoliberalismo se va imponiendo en cada reforma laboral, en cada paquete anticrisis, para desarraigarnos de nuestra tierra y de nuestras familias para acabar con… un paro endémico que es en realidad nuestra última barrera para salvaguardar nuestra verdadera economía social. Y la próxima vez que aumente el paro ya no habrá medidas que aplicar, porque estas se hacen sacando un recurso antiquísimo que ha crecido en nuestras familias y que está a punto de agotarse. Cuando el hombre pierde el arraigo a su tierra y a su familia pierde el orgullo y pierde la capacidad ser el mismo. A partir de ese instante es capaz de todo y nada, porque ya no tiene ninguna protección, pero su vulnerabilidad lo es a un tiempo del país que lo acoge tanto como del que deja.
Pero cuál es el mecanismo del arraigo para salvar la estabilidad social. A mediados de los noventa, la Unión Europea envió a sociólogos y economistas a estudiar esta evidencia de nuestro país. Nunca hubo una publicación conjunta de conclusiones porque no lograron ponerse de acuerdo, sin embargo, a lo largo de estos párrafos ya hemos desvelado algunas de las más importantes razones. Si añadimos que cuando una persona se encuentra en su ambiente y rodeado de los suyos es capaz de soportar mejor, física, económica y psicológicamente, las malas épocas, y que, además, las familias y allegados acostumbran a formar un núcleo solidario, ya tenemos la ecuación completa.
Tal vez deberíamos recurrir a la UNESCO para pedir ayuda en la salvaguarda de este modelo tradicional de familia que tiene muy poco que ver con el que defiende la iglesia o el PP, mucho más basado en los lesivos cortes neoliberales.
Imagen tomada de http://derecho.laguia2000.com . Los Simson, una crítica de la sociedad y la familia americanas con la que, en demasiadas ocasiones (cada vez más) nos sentimos identificados. Vemos que los únicos familiares cercanos son las gemelas hermanas de la esposa que siempre que ayudan lo hacen minando al matrimonio y el padre del marido, que fue desterrado a un asilo después de pagar la casa en que viven. Un perfecto ejemplo de solidaridad familiar.
lunes, 16 de agosto de 2010
Liberalismo clásico versus neoliberalismo (más)

sábado, 24 de julio de 2010
Economía prehistórica
El sol apenas ha empezado a despuntar entre los picos del este, cuando uno de los rayos ilumina a todos los cazadores del poblado cromañón del valle alto, a la puerta de su cueva principal. Hoy es día de caza y su presa uno de esos mamuts rezagados que aún no se han perdido detrás de la gran barrera de hielo. Al caer la tarde el poblado estará alegre porque la caza habrá sido propicia. Uno de los mayores ejemplares habrá sido descuartizado y repartido entre el medio centenar de miembros que componen el grupo. Los trozos de carne han sido metidos bajo la nieve para su conservación. Hay carne para semanas, pero no sólo de ella se va a alimentar el poblado. Las mujeres ya han empezado a recoger bayas, raíces y hierbas comestibles de los lugares en que la nieve se retiró. Pero pronto se habrá retirado de todo el valle y tendrán que buscar su capacidad de conservación hacia los aristados picos montañosos.
No es buena idea guardar toda la carne. Con ella cerca del poblado siempre se pueden mantener un par de hombres vigilando para que no se la lleven las alimañas, pero lejos, en los cerros, eso no es viable. Antes de que llegue el verano hay que hacer algo útil con el excedente de carne.
En la cueva negra ya están ahumando las partes lisas del gigante mamut, Pero no todas las piezas son susceptibles de ese tratamiento. Además, con dos o tres ejemplares ya hay carne ahumada para todo el invierno. Sigue sobrando mamut que no es precisamente la carne más sabrosa. Durante el verano los cazadores darán con piezas más sabrosas: ciervos gigantes, jabalís, cabras montesas, aves corredoras y deliciosos lagartos. Demasiada carne para sólo una cincuentena de personas. Pero ya hace un par de años que el colectivo ha encontrado una solución muy interesante. A la mañana siguiente, una docena de hombres y un par de mujeres jóvenes, emprenden un viaje hacia el valle inferior con sus excedentes cárnicos. Allí hace semanas que el verano ha bañado de calor a la flora y la fauna, y otra comunidad humana, más numerosa aún que la suya, se ha adaptado a aquel otro hábitat. Para los cromañón del valle inferior la carne de mamut es una delicatesen por su exotismo. En la prehistoria unos pocos kilómetros podía considerarse una gran distancia y los viajes podían resultar peligrosos, pero en este caso también podía ser muy fructífero.
Las mujeres, aunque jóvenes, dirigirán los trueques entre ambos pueblos, sin embargo, las decisiones finales dependerán de los dos líderes. Casi seguro hombres.
Este año, además de la carne fresca también han llevado mamut ahumado. Aunque es el sobrante del anterior invierno, no supone un hándicap para los intercambios. Por su parte, en el poblado inferior también poseen productos para comerciar que no son comida. De hecho es un pueblo que tiene facilidad para comerciar con muchos otros y han llegado hasta allí unas maravillosas hachas de sílex y unos estupendos cuchillos de obsidiana que formarán parte de los intercambios. Igualmente, la mayor parte de la carne de mamut que ahora conseguirán, tomará el camino comercial hacia otras comunidades, por eso los ahumados van a ser muy apreciados.
El pueblo del valle inferior parece gozar de una vida muy cómoda. Por lo menos esa es la idea que trasmitirán los viajeros del valle superior cuando regresen a su poblado. Pero ellos no se han fijado en una casta nueva que se han visto obligados a crear: los soldados. La aparente riqueza de la que gozan es el objetivo de grupos nómadas y otros poblados hambrientos que no tienen con qué comerciar y que no dudan en atacar, siempre que pueden, para arrebatar parte o toda la riqueza que poseen.
Hace entre 25.000 y 50.000 años, el hombre de cromañón lucho por su supervivencia en un mundo hostil. Cada comunidad buscó sus propias soluciones, pero, sin duda, la capacidad de pasar a ser un grupo sedentario en lugar de una comunidad nómada, cambió la concepción económica de la supervivencia. Porque si bien la naturaleza de aquella época era más productiva, también era más peligrosa y el comercio entre comunidades podía aumentar su efectividad.
Hoy los expertos opinan que el comercio pudo alcanzar grandes distancias. Por lo menos se han encontrado útiles muy similares a distancias igualmente grandes. Esa sería la justificación, pero nadie puede negar que ese comercio pudiera evolucionar de comunidad en comunidad para hacer viajar a los objetos del comercio mucho más que a las personas.
Nadie cree que aquel comercio utilizara el dinero, sin embargo hay que diferenciar entre el comercio de productos perecederos (la mayoría) y no perecederos. De hecho, estos últimos, en muchas ocasiones podían llegar a ocupar el lugar del dinero. Colgantes, herramientas, pequeñas joyas, amuletos, sustancias dopantes… muchos pueden ser los objetos que podían llegar a adquirirse, no para consumo, sino para utilizarlos en futuros trueques. Eso ya eran, de algún modo, monedas de cambio. Aunque hay que tener claro que un pueblo que se especializara en el comercio del trueque, para sobrevivir debía conocer muy bien las preferencias y necesidades de sus vecinos. Además, de tanto en tanto no debía descartar que algunos de sus elementos viajaran lejos para hacerse con artículos lo bastante exóticos para generar un deseo ventajoso. Así mismo, una fuerte actividad comercial implicaría la creación de “envidias” en el entorno que obligaría a crear una casta guerrera para su supervivencia.
El comercio, pudo ser en origen algo temporal, pero allí donde apareció obligó a cambios sociales muy radicales.
lunes, 19 de julio de 2010
Nacimiento de la economía social: aparición de los mercados.

La sociedad evoluciona cuando se supera la economía de subsistencia y se logra un excedente para comerciar. Pero con un solo individuo que logre esos excedentes no es suficiente, porque para comerciar deberá pagar más de lo que valen por todos los productos, dado que los demás sí necesitan toda su producción si aún no poseen excedentes. Por tanto, el comercio podrá empezar cuando más de un individuo obtenga excedentes y, además, deberá ser de productos diferentes.
Esta sería una situación de mínimos para que se iniciara el comercio, pero aún no sería suficiente, porque si uno de los productores no desea el producto del otro tampoco podrá consumarse ninguna transacción.
Así, pues, para estar seguros de que se realicen intercambios comerciales, deben existir una cierta cantidad de excedentes y también una cierta variedad en los mismos, pero, además, repartidos entre diferentes productores.
Nuevamente parece que tenemos todas las garantías de que se iniciarán los procesos comerciales, y nuevamente nos equivocaremos... hace falta algo más. Hacen falta los medios y voluntades necesarios para el intercambio.
Imaginemos que el excedente de un agricultor está constituido por una sandía de cuatrocientos kilos. Esta sandía, por su peso, necesita de medios poco comunes para ser sacada del campo de cultivo y llevada a un lugar de mercadeo (digamos directamente un mercado). El dueño debe publicitar su producto para que llegue a oídos de un interesado. Sin embargo, es probable que, aunque muchos deseen adquirir sandía, cuatrocientos kilos, en una sola pieza de esa fruta, resulten excesivos. El agricultor, seguramente, deberá venderla en trozos, pero tendrá que lograr que los posibles compradores se pongan de acuerdo, si el reparto se demora, la sandía que aún no se ha repartido perderá características e incluso podría llegar a estropearse. Digamos que una sandía de cuatrocientos kilos, por interesante que nos parezca en otros aspectos, no es un buen negocio en la economía que acaba de superar la etapa de subsistencia. Sin lugar a dudas el agricultor hubiese podido ganar mucho más con un excedente de cuatrocientas sandías de un kilo que por esa monstruosa sandía del mismo peso en total.
Por tanto tenemos que ser conscientes de que las primeras economías de transacciones directas tenían unas necesidades, unas reglas y unas limitaciones que no permitían según que cosas, pero también que ya significaban una mejora en la vida de los individuos.
Está claro que el primer comercio establecido se basó en el trueque uno a uno, pero que, sin duda, se fue sofisticando y llenando de reglas que tendían a beneficiar a toda la sociedad. Aunque, conociendo les debilidades humanas, en más de una ocasión esas reglas pudieron degenerar para dar ventajas comerciales a determinados individuos.
Una de las consecuencias lógicas de los primeros mercados fue la de orientar a muchos individuos en la especialización de parte, o toda, su producción para obtener el resto de productos necesarios con ventajas. Dado que quien acertara con los excedentes más apetitosos sería el que lograría los intercambios más favorables, cabría pensar que unos podrían llegar a vivir mejor que otros y, es posible, que algunos no alcanzaran los mínimos para su subsistencia. Así, aunque los excedentes podían suponer una ventaja para todos, era necesario planificarlos adecuadamente porque, de lo contrario, el aumento de complejidad social que significaba el nuevo comercio, podía empobrecer a los menos aptos. Visto así, la economía de subsistencia era mejor para algunos individuos que esta nueva modalidad. La solución a este problema era poner reglas a los mercados ya que, egoístamente hablando, algunos de esos productores empobrecidos, lo eran porque no sabían comerciar, cuando, sin embargo, podían ser unos magníficos productores. Por otro lado, algunos comerciantes avispados podían producir muy poco o nada, y lograr toda su riqueza en las habilidades para llevar a cabo sus transacciones. Es decir, se enriquecían sin aportar nada a la sociedad. Como los productos no crecen solos, quiere decir que muchos productores, que eran útiles socialmente perdían mientras esos comerciantes, inútiles para la sociedad, ganaban. Entre uno y otro hay una serie de transacciones descompensadas que deberían regularse, pero... ¿cómo?
Los diferentes pueblos de la antigüedad, antes y después de la aparición del dinero, buscaron soluciones que moralizaran los mercados. Esas soluciones eran locales, como el valor de los productos...
Si el valor de los productos es local, un buen mercader debe conocer que producto es más apreciado en cada lugar y cual supone el excedente mayor de los mismos. Transportar los excedentes de un lugar a otro puede suponer un beneficio adicional para el mercader, pero también es útil a los pueblos, pues permite la especialización según los productos más adecuados para cada área y la posibilidad de obtener otros que allí no se producen en adecuada cantidad. Aquí los comerciantes se hacen necesarios para el desarrollo.
Sin embargo, en esos primeros tiempos, los comerciantes eran individuos con una clara afición por la riqueza (eso no ha cambiado, pero ya veremos en su momento que eso puede ser hasta positivo) y su moral, en el momento de llevar a cabo sus transacciones, se podía relajar mucho. Así que, por lo general, no debían ser individuos muy queridos, pero sin duda se habían vuelto necesarios. Así que su riqueza, su conocimiento de las debilidades humanas y su necesaria asociación con los poderosos, pudieron protegerles de las posibles desgracias.
Conforme avanzaban las sociedades, los comerciantes y mercaderes también terminaban por especializarse. Allí donde alguien descubriese una forma de ganar, aparecía un comerciante para llevar a cabo esa proeza.
Uno de los tipos de comerciantes más peculiares eran los que vendían dinero. Más correctamente lo prestaban. Eran individuos que se habían enriquecido más que otros y daban cantidades de dinero extra a algunas personas para cubrir una necesidad o realizar un negocio, pero bajo la promesa de devolver una cantidad superior o un producto de mayor valor en el mercado. Por extraño que parezca, cuando estos individuos se hicieron grandes de verdad y empezaron a prestar dinero a los estamentos políticos, la economía y la política dieron un salto adelante.
Ya hemos explicado que la imperfección de los primeros mercados estaba ligada a la avaricia de unos individuos determinados. No quiere ello decir que los demás usuarios de ese mercado no fuesen avaros, pero no eran lo bastante poderosos para desnivelar los mismos. Por supuesto, este tipo de avaricia perjudicaba siempre a los menos dotados y, desde un punto de vista del liberalismo actual no existía ninguna imperfección en esos mercados más allá de su reducido tamaño. Según esas teorías las únicas regulaciones necesarias eran las que permitían transacciones limpias (sin estafas) y las que debían compensar el bajo nivel de transacciones que se llevaban a cabo.
Con todo esto, no es de extrañar que, cuando Aristóteles definió las dos vertientes de la economía, en su libro “Política”, tratara como algo muy negativo y corrupto todo lo relativo a las transacciones comerciales. Algo que calaría siglos después en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, que definiría la usura. Es, seguramente, en ese momento cuando la iglesia católica prohibió los préstamos, considerándolos un grave pecado. Más tarde, cuando los reyes y Papas necesitaron de líquido para sus juergas y sus guerras, recurrieron a los mercaderes judíos, liberados de esa obligación de no prestar riquezas como negocio.
viernes, 21 de mayo de 2010
¿Son justos los ajustes de ZP?

Galleguizando la pregunta diría: ¿Cuándo es justo un ajuste presupuestario?
Con esta nueva pregunta queda respondida la primera, pero para los que no lo entiendan, especificaré diciendo que, no es justa, pero es necesaria. No obstante las primeros resultados de este ajuste serán necesariamente malos, de hecho el Gobierno ya rectificado sus perspectivas de crecimiento a la mitad (justo lo contrario de lo que ha hecho el FMI, lo que explica que sus informes tengan menos capacidad de acierto que Carlos Jesús de Raticulín, eso sí, influyen más en las reglas establecidas que las fases lunares).
Es evidente que ZP no quería tomar ese camino, pero las presiones externas le han obligado, de ahí que no haya emprendido, con tiempo suficiente, una labor pedagógica sobre el tema que reduzca el impacto de la crítica. En Alemania, por ejemplo, llevan tiempo anunciando la necesidad de esos recortes y reforzando las explicaciones con frases como que “los alemanes han estado mucho tiempo viviendo por encima de sus posibilidades”. Se supone que algo parecido hubiese tenido que llevarse a cabo en nuestro país, aunque creo que no hubiese tenido mucho valor decir que aquí también han estado los alemanes viviendo por encima de sus posibilidades durante mucho tiempo. Y si no que se lo pregunten a los mallorquines.
De todas las fórmulas planteadas, la única que se ha explicado debidamente es la subida de impuestos. Precisamente esa medida es la más protestada por el PP, el partido que aquí defiende el neoliberalismo más duro y, en último término, responsable de la actual crisis. Es obvio que la subida de impuestos ralentizará la economía y retrasará la salida de la crisis, pero hay cuentas que pagar, y las sucesivas bajadas de impuestos habidas en los últimos veinte años, han limitado la capacidad de regeneración de las arcas del Estado en “estados carenciales”. Dice la economía clásica que la bajada de impuestos aumenta la circulación de líquido, pero todo tiene un límite y, personalmente, yo también creo que ese límite se sobrepasó a comienzos de siglo.
Tampoco a mí me gustan las medidas tomadas, en especial las de largo recorrido como la subida de la edad de jubilación que me parece más que absurda y ya le dedicaré un artículo en otro momento (palabra). Pero lo que me preocupa no son las medidas tomadas, sino las que no se han tomado. Con las actuales fórmulas volveremos a pagar los de siempre los excesos de otros, así que era necesario echarle güebos y atacar a especuladores y directivos de empresas. También es necesario proteger el empleo encareciendo el despido (justo lo contrario de lo que demanda la desprestigiada Patronal) y abaratando el empleo (que es lo que hace falta de verdad). Sobre este tema, si hay alguien del gobierno interesado, estoy dispuesto a darles una gran cantidad de sugerencias que creo nos podrían sacar de la crisis mucho antes de lo esperado (incluso teniendo en cuanta nuestros graves problemas estructurales de nuestro país).
Es bonito decir “¿Qué pague la cris quien la generado?”. Todos estamos de acuerdo con esta frase, pero quién es el guapo que se lo hace pagar… ¿Tú? Así que no nos queda más remedio que apechugar con el marrón… otra vez. Lo que debemos exigir son garantías de que no nos la van a volver a dar con queso nunca más. Debemos exigir medidas que controlen los movimientos de los capitales en maniobras de especulación que desestabilicen la economía legítima y, sobre todo, que se protejan nuestras estructuras sociales adecuadamente. Todo esto, dicho así, parece muy ambiguo, pero si decimos que, antes de la crisis, no hubiésemos intentado evitar el reventón de la burbuja inmobiliaria y la hubiésemos roto nosotros, el suceso se hubiese producido con un entorno económico más favorable enganchando sólo a los especuladores (ver artículo sobre quiénes son los especuladores) y poco más. Hoy no tendríamos que lamentar el hacho de que muchas familias se estén quedando en la calle.
En resumen: lamentamos las actuales medidas más propias de un partido de derechas que de izquierdas, pero las aceptamos como necesarias. Eso sí, las creemos necesarias, pero insuficiente y, sobre todo, queremos unas garantías y seguros como únicos responsables de la recuperación. No es muy justo que se le pongan medallas al presidente de “Súper Banco” o “Súper Empresa” cuando ya se han forrado de billetes y luego no se nos valore a los ciudadanitos de a pie cuando pagamos la reconstrucción de la ruina económica que él ha creado para engrosar sus cuentas de las Islas Caimán.
Imagen tomada de http://castillaunida.files.wordpress.com/2008/11/zp.jpg
domingo, 9 de mayo de 2010
La corrupción de los mercados: "el especulador".

En esencia, los malos de esta película son los especuladores. Pero, ¿quiénes son los especuladores? Usamos el término de especulador muy alegremente, pero nunca somos capaces de ponerles cara y ojos porque descubriríamos, en demasiadas ocasiones, lo cercano a nosotros que es este individuo.
Hay muchos tipos de especulador. En general nos gusta pensar que este señor es extranjero y que trae su dinero aquí porque va a recibir grandes intereses con muy poco riesgo. Pensamos en los inversores de enormes áreas de casas ligadas a campos de golf, bloques de viviendas en zonas exclusivas de las grandes ciudades… Pero lo cierto es que ese inversor extranjero al que culpamos, no sin cierta razón, lo hace a través de los bancos prestando dinero a los banca de aquí para que invierta en cualquier oportunidad de beneficio que salga. Y ese dinero, en los tiempos de bonanza, formó parte mayoritaria de las hipotecas. La gran ventaja que ofrecía esta inversión en nuestro país es que, a diferencia de lo que ocurre en el resto del mundo, el impago no sólo implica la pérdida de la propiedad por parte del deudor (embargo y desalojo de la vivienda), sino que, además, parte de la deuda sigue pendiente aún.
Pero, dado que este inversor extranjero no actúa directamente sobre su inversión y que sólo hace que contratar un producto bancario que se le ofrece, resulta que no es el tipo de especulador al que nos referimos. Después de todo ¿quién está ofreciendo en realidad ese producto?: “La Banca”. Así pues, la banca es nuestro primer culpable, pero a un tiempo, como depositario del dinero y única institución habilitada para prestar el dinero que hace falta para salir de la crisis, también es una respuesta a la solución del problema. Ante el dilema que actuar “contra” la banca plantea, no es fácil tomar medidas.
En estos momentos la banca, una vez perdida la inversión extranjera, no dispone de suficiente líquido para prestar a las empresas que desean salir de la crisis. Por otro lado, muchos de estos bancos vendieron activos “lentos” al Estado para hacerse con un líquido que han invertido en adquisiciones fuera de territorio español (véase como Santander adquirió grupos financieros en EE.UU. y Reino Unido), lo que constituye un fraude a la economía de nuestro país. Por otro lado, los ejecutivos de esos grupos bancarios tienen salarios y retribuciones varias, muy salidos de los niveles racionares. Un dinero, el que cobran estos ejecutivos, que puede parecer pequeño frente al capital de la empresa, pero que es enorme frente a los salarios que se ahorran en despidos de su personal de base y que, en muchos casos, podría significar el préstamo que salvaría una o varias pequeñas o medianas empresas. Por tanto esos salarios, primas y demás retribuciones a ejecutivos, sobre todo en una época de crisis, resultan una inmoralidad. Esa es la razón por la que el estado pidió a finales del pasado verano su moderación. Moderación que la banca descartó de inmediato… y parece que no se puede hacer nada al respecto, tal es el poder de la banca en nuestro país.
De todas formas, la banca, por volumen especulativo, puede no ser el peor enemigo de la economía. Hay otro tipo de especulador más pequeño, pero que por su gran número es más importante. De cuantas personas no hemos escuchado que adquirieron propiedades inmobiliarias antes de la gran subida y las vendieron después con gran beneficio, o que ahora, aprovechándose de las necesidades de personas endeudadas, adquieren pisos a bajo precio para alquilar, especialmente a emigrantes (a los que se cobra por encima del valor del mercado) o por semanas a turistas “low cost”. Incluso, aunque parezca hipócrita porque es una fuente de inversión empresarial, que me dicen de los que invierten en bolsa y hacen saltar su dinero de oportunidad en oportunidad.
Realmente toda búsqueda del máximo beneficio es especulativa, la cuestión está en delimitar donde está la línea que separa el simple negocio de la amoralidad. Porque, aunque queramos creer lo contrario, todo movimiento de dinero tiene unas consecuencias que no deben ser obviadas y si lográramos unas transacciones más éticas, posiblemente no se lograrían tan grandes beneficios, pero se suprimirían gran parte de los peligras que llevan a una crisis o agravan estas.